Los vidrios empañados no reflejan. Eso lo exaspera por demás, vaya a saber uno por qué; no es tan vanidoso como para molestarse por eso. Pero lo que lo molesta es no poder ver hacia afuera, hacia la vereda por donde tendría que llegar.
Acomoda en el centro del plato la taza de café. Seca la cuchara, aunque seguramente la vuelva a usar porque el café va a seguir amargo. Dobla las bolsitas de azúcar en ínfimos cuadrados y los pone debajo del plato, que mueve la taza y la corre de su perfecto equilibrio.
Ya debería haber llegado, pero trata de no darse cuenta de eso, y seguir como si nada pasara.
Llama al mozo y le dice que le molesta el humo del cigarrillo. El mozo le explica que no puede hacer nada, ya que están en el sector de fumadores. Él lo acepta, fue su decisión, era mejor soportar el molesto y desagradable olor a tener que esperar a que se desocupe una mesa con mejor ubicación.
"¿Le habrá pasado algo?", "Seguro que hay mucho tránsito, o se le pasó uno de los colectivos". Pero él sabe que ella vive a no más de quince cuadras del bar y que no le molestaría caminar. Se rehusa a pensar en la inasistencia. Debe haberle sucedido algo; no, tiene que haberle sucedidoalgo. Es mejor llamarla. Pide permiso para usar el teléfono del bar y de su bolsillo trasero saca un papel maltratado que se mezcla con su pañuelo de tela, que contrario al papel, estaba perfectamente planchado y doblado. No atiende nadie, y si no atiende nadie ya debe haber salido de su casa... Es mejor esperar.
"¿La habrá manoseado el mozo? No tiene mucha pinta de limpio". Se vé tan dulce y él con tanta hambre. Además, el sabor de la medialuna contrarrestaría con el del amarguísimo café, ese que todavía no podía endulzar. Pero, hace cuánto que estaría en el mostrador; ayer quizás, o incluso dos días antes. Uno nunca sabe.
Le molesta que el mantel le llegue hasta las rodillas y lo haga sentir como si tuviera un cachorro sobre sus piernas. No le gusta esa idea.
"Tal vez tuvo una urgencia en su trabajo...". Pero sabe que esa idea es ridícula, ya que trabaja como una modesta secretaria para uno de esos tipos que tuvieron suerte en la vida y que además nacieron sin pudor ni conciencia.
El mozo le avisa que se desocupó una mesa bastante lejos del sector de fumadores y le pregunta si le interesa, a lo que él le responde que no, que prefiere quedarse junto a la ventana. Quiere saber con anticipación si ella iba a entrar al bar para sentarse aunque sea a hablar del horrible clima que había afuera. Pero, ¿Qué iba a ver si el vidrio está empañado? Él parece no darse cuenta de esto, para él el vidrio le muestra a la perfección la vereda, la calle y los autos, pero ni rastro de persona alguna.
Mira las migas sobrantes y se cuestiona sobre por qué comió esa medialuna. Ya se vé venir la terrible indisgestión y se empieza a poner más molesto que de costumbre. ¿Para qué lo hizo? ¿Tanto la necesitaba?
El malestar lo tiene harto. Se para y le deja dicho al mozo que si alguien llegara a preguntar por él que le entregue esa nota que había escrito hace un momento en una de las servilletas del lugar.
Decidió darse cuenta por fin que Clara, como todas las demás personas que lo rodean, había optado por alejarse de él, que presentía todo el mal que sobre ella se avalanzaría si se llegaban a relacionar. No valía la pena seguir esperando. Ni a ella, ni a nadie.
Un rato después, una mujer alta, con el pelo algo alborotado, un tapado recatado y una cara bien maquillada que pedía disculpas por anticipado entra al bar. Se dirije al único mozo que atendía a esa hora, un hombre bonachón y con olor a cigarrillo en la ropa, y le pregunta por un tal Carlos y le describe su apariencia. "No muy alto, bien arreglado, algo torpe y nervioso" dice nada más y el mozo le explica que el tal Carlos se había retirado hace unos momentos y le señala la mesa, todavía sin levantar, donde éste estaba sentado. Clara observa la mesa; un rígido café espeso y frío se posa en el centro de la mesa, con doce o trece sobres de azúcar a su alrededor. Le pregunta al hombre bonachón si le había dejado algo, y el mozo le entrega una servilleta escrita.
"No hace falta si quiera que hablemos, aunque si recibes esto es que algún día llegaste. Pero no importa, tendrías que haberlo hecho hace ya tiempo. No hay vuelta atrás, adiós."
¿Por qué? ¿Por qué tan brusco, tan frío? Si ella no hubiera decidido ponerse tacos y así poder ir caminando entre los charcos hasta el bar, en vez de esperar un taxi que nunca llegaría.
Segundos después de terminar de leer las palabras de Carlos, vé cómo la taza se agrieta y rompe en un instante, derramando el café por toda la mesa y tiñendo de negro el largo mantel, roto del lado de la silla, a la altura de donde estarían las rodillas de una persona sentada. Clara rompe en llanto y sale corriendo del bar de Perú y Carlos Calvo.
Carlos era conciente de la reacción de Clara, de hecho fue lo último que pasó por su cabeza, pero ¿Cúanto tardaría ella en olvidarlo? O tal vez ya lo habría hecho; ayer quizás, o incluso dos días antes. Uno nunca sabe.
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Fecha: 17 de julio de 2009.
Autor: J. Fabricio Pereyra